Soñé sin adjetivos ni objetivos, solo un mundo
extendido ante mi, desplegado en su conjunto.
El mar era la mar o los mares, siempre iguales,
la luz era la luz, la brisa, brisa, la sombra,
sombra,
como la de la Luna,
sólo una.
Todo era simplemente causa de una consecuencia
y consecuencia de otra causa,
y así sucesivamente.
El despertar aletargado y taciturno,
resolución de la tensión
de haber salido de este mundo
a inventar su sustitución
con el descanso nocturno.
Acostumbrar a los sentidos,
otra vez
al esfínter, al querer
y a la lógica al retorno
mundano, divino y perruno,
y con suerte al desayuno.
Con el olor a café pienso en las limitaciones
que arrastramos desde el sueño en maletas de madrugones.
sábado, 12 de octubre de 2013
martes, 16 de julio de 2013
"Siempre ha habido analfabetos, pero la incultura y la ignorancia siempre se habían vivido como una vergüenza. Nunca como ahora la gente había presumido de no haberse leído un puto libro en su jodida vida, de no importarle nada que pueda oler levemente a cultura o que exija una inteligencia mínimamente superior a la del primate...
Los analfabetos de hoy son los peores porque en la mayoría de los casos han tenido acceso a la educación, saben leer y escribir, pero no ejercen. Cada día son más y cada día el mercado los cuida más y piensa más en ellos. La televisión cada vez se hace más a su medida, las parrillas de los distintos canales compiten en ofrecer programas pensados para una gente que no lee, que no entiende, que pasa de la cultura, que quiere que la diviertan o que la distraigan aunque sea con los crímenes más brutales o con los mas sucios trapos de portera.
El mundo entero se está creando a la medida de esta nueva mayoría, amigos... Todo es superficial, frívolo, elemental, primario... para que ellos puedan entenderlo y digerirlo. Esos son socialmente la nueva clase dominante aunque siempre será la clase dominada, precisamente por su analfabetismo y su incultura, la que impone su falta de gusto y sus morbosas reglas y así nos va a los que no nos conformamos con tan poco, a los que aspiramos a un poco más de profundidad, un poquito más, joder..."
Jesús Quintero en el programa El loco soy yo
Los analfabetos de hoy son los peores porque en la mayoría de los casos han tenido acceso a la educación, saben leer y escribir, pero no ejercen. Cada día son más y cada día el mercado los cuida más y piensa más en ellos. La televisión cada vez se hace más a su medida, las parrillas de los distintos canales compiten en ofrecer programas pensados para una gente que no lee, que no entiende, que pasa de la cultura, que quiere que la diviertan o que la distraigan aunque sea con los crímenes más brutales o con los mas sucios trapos de portera.
El mundo entero se está creando a la medida de esta nueva mayoría, amigos... Todo es superficial, frívolo, elemental, primario... para que ellos puedan entenderlo y digerirlo. Esos son socialmente la nueva clase dominante aunque siempre será la clase dominada, precisamente por su analfabetismo y su incultura, la que impone su falta de gusto y sus morbosas reglas y así nos va a los que no nos conformamos con tan poco, a los que aspiramos a un poco más de profundidad, un poquito más, joder..."
Jesús Quintero en el programa El loco soy yo
jueves, 9 de mayo de 2013
¿SENTIMIENTO TRÁGICO O NO?
Morimos antes de morir.
Lo que cae en el olvido
es la parte pútrida y vedada
de nosotros mismos.
También morimos después de morir,
continuamente.
La huella que dejamos en el mundo
sobrevive a nuestro ego algún tiempo,
aunque te mataran para preservar tu silencio,
te hubieran llamado Séneca o King África.
Hay muchas maneras de morir:
Siendo olvidado,
perdonado, herido,
quedándote sin cuerda,
sin hora, sin sentido,
sin motivos o motores.
Pero cuando alguien te dice "para mi, has muerto",
realmente te está dando una odiosa longevidad,
conservará lo peor de ti mientras pueda.
Te recordará como a una alimaña, pero te recordará.
Cuando alguien atiende a razones sin objeciones
no necesitaba motivos, sino ánimos.
Hablamos de perecer
como si hubiéramos perecido mil veces
por un castigo inmerecido.
Quizá nos reencarnemos dos o tres veces.
O ninguna.
O infinitas,
mejor casi infinitas:
así cada ser vivo participa de lo mismo:
de sí mismo.
Supongamos que todo ser vivo
participa de ese algo común,
aunque parezca que no,
al menos no a la vez.
Así podremos entender algún modo de justicia.
Si engaño, seré engañado.
Si ayudo, ya fui ayudado.
Si soy juez, soy miles de juicios.
Fui. Fuiste. Continuamente somos.
Si soy verdugo, he sido cientos de víctimas
y seré otras mil.
A mi, como ser racional, me da igual reencarnarme
sin tener la certeza de haber escrito estas lineas,
haber nacido, haberlas leído por primera vez, haber muerto,
haber nacido, haberlas leído por primera vez, por segunda vez, haber muerto,
haber nacido, haberlas leído por primera vez, haber pensado "vaya mierda", haber muerto,...
y saber que todos pusieron aquí sus ojos (o los pondrán) pero cada uno leyó un poema distinto.
A mi, como ser emocional,
me engrandece el ego conjeturar haber sido Gandhi,
me enfurece el hecho haber sido judío en Auswitch,
Me enorgullece haber sido Zappa, Hesse, Cleopatra,...
No sé cómo pude ser Juana de Arco,
Pizarro, Leopoldo II de Bélgica,...
Quizá este sea el motivo por de que conservamos la Historia como referente,
como girasoles que miran al pasado cuando llega la noche.
Lo que cae en el olvido
es la parte pútrida y vedada
de nosotros mismos.
También morimos después de morir,
continuamente.
La huella que dejamos en el mundo
sobrevive a nuestro ego algún tiempo,
aunque te mataran para preservar tu silencio,
te hubieran llamado Séneca o King África.
Hay muchas maneras de morir:
Siendo olvidado,
perdonado, herido,
quedándote sin cuerda,
sin hora, sin sentido,
sin motivos o motores.
Pero cuando alguien te dice "para mi, has muerto",
realmente te está dando una odiosa longevidad,
conservará lo peor de ti mientras pueda.
Te recordará como a una alimaña, pero te recordará.
Cuando alguien atiende a razones sin objeciones
no necesitaba motivos, sino ánimos.
Hablamos de perecer
como si hubiéramos perecido mil veces
por un castigo inmerecido.
Quizá nos reencarnemos dos o tres veces.
O ninguna.
O infinitas,
mejor casi infinitas:
así cada ser vivo participa de lo mismo:
de sí mismo.
Supongamos que todo ser vivo
participa de ese algo común,
aunque parezca que no,
al menos no a la vez.
Así podremos entender algún modo de justicia.
Si engaño, seré engañado.
Si ayudo, ya fui ayudado.
Si soy juez, soy miles de juicios.
Fui. Fuiste. Continuamente somos.
Si soy verdugo, he sido cientos de víctimas
y seré otras mil.
A mi, como ser racional, me da igual reencarnarme
sin tener la certeza de haber escrito estas lineas,
haber nacido, haberlas leído por primera vez, haber muerto,
haber nacido, haberlas leído por primera vez, por segunda vez, haber muerto,
haber nacido, haberlas leído por primera vez, haber pensado "vaya mierda", haber muerto,...
y saber que todos pusieron aquí sus ojos (o los pondrán) pero cada uno leyó un poema distinto.
A mi, como ser emocional,
me engrandece el ego conjeturar haber sido Gandhi,
me enfurece el hecho haber sido judío en Auswitch,
Me enorgullece haber sido Zappa, Hesse, Cleopatra,...
No sé cómo pude ser Juana de Arco,
Pizarro, Leopoldo II de Bélgica,...
Quizá este sea el motivo por de que conservamos la Historia como referente,
como girasoles que miran al pasado cuando llega la noche.
martes, 7 de mayo de 2013
SENTIDO
Hay preguntas que me sacan de quicio
quizá por absurdas
o quizá porque no sé si pueden ser respondidas
o siquiera correspondidas.
¿Qué tal el concierto?
¿Cuál es el sentido de la vida?
¿Cómo (no) ves los colores?
¿Por qué no te gusta la navidad?
¿Cuándo vas a volver?
Ni veo el futuro,
ni sé por qué me entra pena en las nochebuenas.
Quizá no podáis describirme
los colores que le faltan a mis ojos,
ni el sentido de la vista a un topo,
pero cada uno planea su camino.
No me quiero despedir,
solamente irme.
quizá por absurdas
o quizá porque no sé si pueden ser respondidas
o siquiera correspondidas.
¿Qué tal el concierto?
¿Cuál es el sentido de la vida?
¿Cómo (no) ves los colores?
¿Por qué no te gusta la navidad?
¿Cuándo vas a volver?
Ni veo el futuro,
ni sé por qué me entra pena en las nochebuenas.
Quizá no podáis describirme
los colores que le faltan a mis ojos,
ni el sentido de la vista a un topo,
pero cada uno planea su camino.
No me quiero despedir,
solamente irme.
domingo, 28 de abril de 2013
LOS POSOS DEL CAFÉ
Hacía ya cuatro meses
que el hijo de doña Clementina partió a la guerra, y ya hacía tiempo que la
viejita se desesperaba. Nuria, su nuera, le aconsejó ir con ella a una vidente
gitana que, a cambio de unas monedas, le diría si su hijo tardará mucho en
volver. El día dos de cada mes se reunirían para preguntarle a la ventura por
Armando.
La primera vez que
fueron, la gitana les sorprendió por su ternura y su cercanía. Las recibió en
su austero salón con tres tazas de café humeante sobre la mesa. Bebieron y le
contaron su situación, que era el motivo de la mayor parte de las modestas
ganancias de la viudita. No estuvo permitió azucarar el café, que era demasiado
amargo como para contar el motivo de tanta pena, pero aún así suegra y nuera
bebieron a buen ritmo. La gitana daba sorbos pequeños y ruidosos muy de vez en
cuando. Al acabar las tazas vacías, la gitana miró en la disposición de los
posos de café el estado de su querido Armando. “Está vivo, pero no llegará pronto.” La viudita se llamaba
Esperanza. Aceptó y agradeció el donativo y despidió afectuosamente a sus
clientes.
Pocas noticias
llegaban de la guerra, y la mayoría eran falsas. Clementina aprendió a descreer
los bulos, aunque cada día dos acudía a la vidente, esa viudita desaliñada que
siempre les decía lo mismo: “tu hijo está
bien, tiene muchas ganas de volver pero que de momento no puede.” Por una
parte era un alivio saberle con vida, aunque le temblaban las carnes al
imaginar de refilón las crueldades a las que estaba expuesto. Con el simple
gesto de darle unas monedas, la Esperanza se conformaba, y lo agradecía
efusivamente, pero las buenas noticias merecen que la propina sea generosa, no
vasa a ser que la tacañería gafara el futuro de su hijo. Clementina siempre decía
lo mismo al salir de casa de Esperanza:
-Nuria, cuando
Armando vuelva a casa, quiero hacerle un regalo. Pero uno bueno, tienes que
ayudarme a elegirlo bien.
-Los zapatos que ya
me comentó, ¿no?
-Eso es, Nuria, zapatos
de charol, de los que le gustan a él.
-¿Y por qué no se los
compra ya? Suegra, siempre está usted con lo mismo, cómpreselos ya y déjese de
esperar.
-¡No diga tonterías,
hija! ¿Y si vuelve de la guerra sin un pie?
-Pues le regala solo
uno.
Este diálogo puede
dar a entender que la relación entre ellas era mala. En absoluto. Sólo tenían
demasiada confianza, y Clementina pecaba de ser un poco pesada. No siempre se
han llevado tan bien, pero los pesares en común, cuando unen, unen bastante.
Pasaron los meses con
rutina imperceptible que solo era interrumpida por la llegada del segundo día.
Las campanadas de la iglesia anunciaban las horas y, de vez en cuando, las
defunciones. Igualmente la visita a la gitana era la señal de que otro mes
había pasado, lamentablemente, sin pena ni gloria. La providencia siempre decía
lo mismo a través de los posos que Esperanza leía. La guerra estaba siendo una
tensión que tiene que resolverse.
La visita en la que
se cumplieron cinco meses, la gitana tardó más de lo acostumbrado en enunciar
su sentencia. Suegra y nuera se temieron lo peor, pero la viejita anuncio con
una autoridad nunca vista: “Nuria, estás
embarazada. Va a ser un niño.” A Nuria se le resbalaron las lágrimas a
causa de un sentimiento tan ambiguo como desconocido. Se le pasaron por la
cabeza cosas como “Si Armando tardara en
volver y le pongo al niño un nombre que no le gustase, ¿se enfadaría? ¿se
pondría triste?”
-Se
llamará Armando, como su padre.
La idea no convenció a Nuria, pero en ese
momento una opción mala era mejor que la parálisis de la indecisión.
Al llegar a casa, a Clementina
le entraron unas ganas irreprimibles de aprender a leer los posos. Le entró
curiosidad casi enfermiza por entender qué vio Esperanza en aquellas tazas y,
sobre todo, qué puede callar de lo que ve. Quiso ir a pedirle que le enseñara,
pero no estaba segura de que la gitana lo interpretara como un gesto de
desconfianza. Pensó que la mejor actitud para mostrar interés por aprender es
la humildad, así que humildemente fue a su casa a pedirle que compartiera lo
que sabe. Temió que le sentara mal la proposición, o que fuera la propia
providencia la que elige quien puede ver simplemente la taza y quién más allá
de la taza. Anduvo pensando o más bien divagando camino de su casa. Estaba
nerviosa, aún así llamó al timbre con decisión. Olía a cafetera. Esperanza
abrió la puerta, y sin mediar palabra pudo ver en la mesa dos tazas llenas y
humeantes. Con una sonrisa muy tierna le dijo: “Si quieres aprender, empecemos cuanto antes.”
Tardó poco en empezar a verle sentido, aunque se le escapaban muchos detalles. Todas las mañanas se tomaba
un rato para, después de desayunar, interpretar la disposición que quedaba en
el fondo de su taza, aunque todos los días veía la misma noticia: “Todavía no.” Mantenía informada de sus
conjeturas a su nuera, la cual se fue a vivir a casa de la suegra, pues el
octavo mes de embarazo se le estaba haciendo terriblemente solitario.
Los días pasaban como
si la guerra le hubiera quitado el sentido a la existencia. Nuria podía romper
aguas en cualquier momento, así que Clementina se previno en tener avisado a su
médico. Unas cuantas mañanas después (nadie sabría decir cuántas) Clementina se
dispuso a leer los posos, cuando Nuria gritó de una manera tan espantosa que a
su suegra se le cayó la taza de la mano, estallando en mil pedazos al llegar al
suelo. Clementina sintió pavor al ver los cristales y los posos desperdigados
por el suelo mientras escuchaba los aullidos de dolor de su nuera, que parecían
provenir de la lejanía pero estaban a escasos metros. ¿La taza estaría rota
porque… Armando… murió? ¿Habría provocado la desgracia queriendo saber antes de
tiempo? La viejita se quedó petrificada en su asiento. Incluso creyó oír la voz
de Armando como si estuviera ayudando a la futura madre de su hijo. Segundos
después Armando entró en la cocina, entró realmente, y saludó a su madre
con euforia. Clementina quiso saber antes de tiempo, pero la providencia sabe
cómo y cuándo esconderse. La frase “Vas a
ser abuela” en boca de su único hijo le devolvió a Clementina el sentido de la realidad, de (la que en aquel momento era) la fantástica realidad.
sábado, 27 de abril de 2013
POEMA INFINITO
Como no sé que decir con estos versos proscritos
me he animado a resarcirme en un poema infinito.
Pues la tamaña hazaña que me ataña de por vida
le dará sentido a ésta si no le encuentro salida.
Si, seguiré escribiendo hacia aquel punto indefinido
sin pretender encontrar. Buscar de nada ha servido.
La obligación de escribir o de escribir por escribir se torna tan esperpéntica
que
como me empiece a aburrir
comenzarán
a
importarme
una
m
i
e
r
d
a
las métricas simétricas.
Si la hilandera hilarante fuera bastante sincera
me diría
que afanarse
en tareas
imposibles
es de imbéciles
(no
mediría
sus palabras).
Es lo que ella piensa.
No me lo dirá
porque ella me vende el hilo
con el que voy bordando estas letras
y
ya
vislumbran el suelo del poema sin final alguno
que debería acabar, como todo en este universo,
mas como soy un tramposo mediante un truco bajuno
les mando a la linea uno, es decir, al primer verso.
Chis. Pum.
me he animado a resarcirme en un poema infinito.
Pues la tamaña hazaña que me ataña de por vida
le dará sentido a ésta si no le encuentro salida.
Si, seguiré escribiendo hacia aquel punto indefinido
sin pretender encontrar. Buscar de nada ha servido.
La obligación de escribir o de escribir por escribir se torna tan esperpéntica
que
como me empiece a aburrir
comenzarán
a
importarme
una
m
i
e
r
d
a
las métricas simétricas.
Si la hilandera hilarante fuera bastante sincera
me diría
que afanarse
en tareas
imposibles
es de imbéciles
(no
mediría
sus palabras).
Es lo que ella piensa.
No me lo dirá
porque ella me vende el hilo
con el que voy bordando estas letras
y
ya
vislumbran el suelo del poema sin final alguno
que debería acabar, como todo en este universo,
mas como soy un tramposo mediante un truco bajuno
les mando a la linea uno, es decir, al primer verso.
Chis. Pum.
lunes, 15 de abril de 2013
CÓMO NO INVOCAR A LA LLUVIA
La providencia no me ha vetado tantos dones como para que deba quejarme, pero me molesta la sequía creativa que arrastro. Escribo poco y de ese poco no me convence casi nada. Por ello redacto esta instancia al subconsciente para que me provea de los métodos de antaño o de inspiración renovada.
Descartemos la opción de la compasión. Propia o ajena no conduce a nada. Esto puede ser una racha, una despedida o una época de cambio. Sea como sea, quiero dejar constancia, pues el giro de los devenires dará un sentido u otro a la frase anterior.
Creo que un motivo puede ser mi descreencia de la infalibilidad del lenguaje. Yo puedo expresar mi idea con mayor o menor acierto. Puedes comprenderla mejor o peor, pero siempre se pierde algo por el camino, inevitablemente. En su "Comentario al Banquete de Platón" Ortega y Gasset dijo:
Leer, leer un libro es
como todas las demás ocupaciones humanas, una faena utópica. […] “Leer”
comienza por significar el proyecto de entender plenamente un texto. Ahora
bien, esto es imposible. Sólo cabe, con un gran esfuerzo, extraer una porción
más o menos importante de lo que el texto ha pretendido decir.
Creo haber encontrado al menos una de las pretensiones que me llevaron a escribir: la ingenua esperanza de que un buen lector analice mis errores y me los muestre, que me haga enfrentarme a ellos cara a cara. El problema es el equilibrio, el qué y el cómo deben subordinarse al por qué sin flaquear. Quizá deba elegir entre la esencia, la forma o los motivos. Quizá todas estas palabras no sean más que juegos malabares, pues ser seres dotados de lenguaje implica ser seres dotados de limitaciones que no sé hasta que punto podemos ir superando. No sé siquiera si te estoy ubicando en mi querencia o te estoy mareando con palabrejas.
Asumiendo el margen de error existente en la redacción, en la comprensión e incluso en el propio lenguaje, creo encontrarme en un punto creativamente complicado. No contemplo seguir escribiendo como antes: no me parece honesto sabiendo de la fragilidad y maleabilidad de las palabras. Espero que estas ideas no hagan insegura tu escritura. Este blog será testigo de mi progreso o de mi abandono. Por cierto, ¿sabes cómo no invocar a la lluvia? Pues me alegro, es mejor no saberlo.
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